Falsificación de los Derechos Humanos

Tras 70 años, los derechos humanos han cambiado a mal en lugar de bien.


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El próximo diez de diciembre se conmemorarán 70 años de la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Este documento fue en su momento una clara, contundente y firme respuesta de la naciente ONU como parte de su programa para alcanzar la paz y el desarrollo en el mundo. Se trató en su momento del rechazo a lo que habían significado la II Guerra Mundial y el nazismo. Sin embargo, aunque no se mencionó expresamente, también era una condena del comunismo.

En la redacción del documento intervinieron pensadores y políticos de gran nivel que lograron el consenso en la redacción para que fuera firmado por naciones de diversa orientación ideológica, política y cultural. Y ese consenso no significa que los derechos humanos surjan del mismo, sino que estando ahí, como algo inherente a la naturaleza humana, fueron reconocidos, no creados, por los gobiernos firmantes.

Han pasado muchos años y pareciera que la claridad intelectual, la firmeza del reconocimiento de los derechos humanos y la contundencia de los mismos se ha debilitado, no sólo por la erosión provocada por las violaciones que se cometen continuamente contra las personas en distintas naciones firmantes por la declaración, sino por intelectuales que en el fondo son enemigos de estos derechos y, desgraciadamente, han urdido una estrategia eficaz para traicionarlos, con el pretexto de su “progresividad”.

Aquellos fueron, se dice, derechos de primera generación, pero como si fueran programas de cómputo, se afirma que hay derechos.2; derechos.3, y así sucesivamente. Y si bien es cierto que el hombre tiene la capacidad de profundizar en sus conocimientos y enriquecerlos, no es lo mismo que la ciencia vaya descubriendo nuevas realidades, a transformar la esencia de lo humano para inventar supuestos nuevos derechos que, en realidad, no corresponden a lo que es la naturaleza humana. Algunos de los supuestos derechos en realidad parten de la negación de la misma naturaleza humana y responden a intereses político-ideológicos que, en ocasiones, reviven las mismas ideas y acciones contra los cuales se pronunciaron las naciones en 1948.

La eugenesia, la manipulación genética, la eliminación de enfermos o no productivos, la eutanasia o el aborto, son algunos de estos ejemplos. Verdaderamente se requiere una mente retorcida para que se pretenda afirmar que el derecho a la vida implica el aborto.

Del mismo modo, existe una extraña “coincidencia” en las campañas contra la familia y los derechos de los padres en la educación a los hijos; en temas contra la libertad religiosa, de conciencia y de expresión, a favor de la imposición del pensamiento único de la ideología de género, a un nivel mundial que no existió antes respecto del fascismo o comunismo. Acciones contra natura se convierten hoy en lo político y jurídicamente correctas, con visiones antropológicas absurdas que contradicen la dignidad de la persona humana y la degradan.

Del mismo modo surgen nuevas interpretaciones que pretenden ser utilizadas por los gobernantes mesiánicos o populistas so pretexto de impulsar el desarrollo social y combatir la pobreza y la desigualdad.

Ciertamente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos no es un documento vinculante, ni un tratado internacional. Su fuerza es de tipo moral y quizá por lo mismo fue aceptada por diversas corrientes que en su momento resultaron triunfantes en la Segunda Guerra y atrajeron aliados o países de sus zonas de influencia para signar este trascendental documento.

Pero la misma fuerza moral de la Declaración prohijó convenciones y tratados de Derechos Humanos que sí son vinculantes. También, en consecuencia, surgieron Comisiones y Tribunales especializados.

Pero, debe reconocerse con tristeza, que la labor de zapa contra la Declaración también ha debilitado a sus derivados, a sus intérpretes y a los encargados de hacer prevalecer estos derechos, traicionándolos. Y lo peor de todo es que los artífices de la maniobra se encuentran en las oficinas de la ONU, no como representantes de los estados miembros, sino en las filas de la burocracia, como “expertos” en la materia, que toman decisiones y acciones fuera del espíritu del señalado documento, sino a partir de supuestas o reales recomendaciones que convierten en obligatorias, sin serlo.

Me temo que lejos de conmemorar con un festejo la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, tendremos que hacerlo atrincherados en su defensa, antes de que le den sepultura.

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