Venezuela: la crisis de la humildad

Reflexionemos acerca de lo que está pasando en Venezuela.


Reflexión Venezuela


Tristemente las problemáticas de nuestro país hermano se han ido incrementando. A tal grado que la semana pasada fue nota principal la situación vivida por el reportero mexicano Jorge Ramos.

Más allá de lo que injustamente vivió este periodista junto con su equipo. Resulta interesante plantearse varios cuestionamientos respecto del fondo de todo.

¿Quién es el responsable de la crisis en Venezuela?
¿Cuál es el remedio a los distintos males que aquejan a su pueblo?
¿Dónde está Dios en medio de todo esto?

Desgastarse en señalar está de más, pues sabemos las consecuencias políticas de un gobierno como el que ha impuesto Nicolás Maduro. Aquí cabría preguntar si estamos siendo lo suficientemente prójimos unos con otros para enfrentar lo sucedido hoy.

Y es que cuando no se reconoce la debilidad, la fragilidad, la vulnerabilidad, sucede lo que durante estos últimos años ha pasado. Se forma un ídolo respecto de sí, y está autovaloración olvida la humildad en todos sus sentidos. Porque entonces nadie puede pensar, opinar, decir algo que vaya en contra de ello.

Este problema está en la humanidad, no solo en Venezuela, cuando se requiere reconocer (volver a conocer) al propio yo, el ego hará un esfuerzo supremo para evitar que así se logre, y entonces solo se vea lo que limitadamente un panorama cerrado puede ofrecer.

Cuando el ser humano reconoce sus sombras está aplaudiendo su propia luz, sin embargo, desde el “humus” se permite mirarse con amor, compasión y misericordia.

Por eso es que cuando existe este tipo de crisis por ende suceden todas las demás: económica, política, social. No se necesitan tanques de guerra, con uno mismo basta y sobra para crear verdaderas guerras y atmósferas bélicas.

No basta solo con decir que Nicolás Maduro es un dictador cuyo régimen perjudica al Estado, se trata de mirarse uno mismo para poder mirar al otro desde su perspectiva. Venezuela es más que Maduro, Venezuela es su gente, su Fe, su Esperanza y su Amor.

Nos queda la tarea de orar intensamente y en nuestra propia realidad comenzar siempre y todos los días con el compromiso de ser humildes, es decir, aceptar la fragilidad y con ello asumir la propia grandeza y la que viene de Dios. Porque no es sino el corazón quien tiene el verdadero remedio a tantos males.

¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
eternamente entre las sombras acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
de almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
un pilón labremos, y ¡en el pilón
¡Cuántos engañen a mujer pongamos!
Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
batalla de los cascos y los lirios!
¿Pues los hombres soberbios, no son fieras?
¡Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
mi bestia muerta y mi furor domado.
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
de las hojas de abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
de esta casa ahoyada y ven conmigo
no al mar que bate y ruge sino al bosque
de rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,
y tu virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
¡De robados amores! Si es ajeno
el cariño, el placer de respetarlo
mayor mil veces es que el de su goce;
del buen obrar que orgullo al pecho queda
y como en dulces lágrimas rebosa,
y en extrañas palabras, que parecen
¡aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
¡la de fingir amor! ¡Pues hay tormento
como aquel, sin amar, ¡de hablar de amores!
¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!

“Bosque de rosas”
José Martí

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