Educar para la paz: un reto que da esperanza

Educar para la paz no es una cuestión de pizarrón, láminas o conferencias. Implica día a día actuar, obrar; desde la cercanía y la inclusión.


Educar para la paz 


El pasado 21 de septiembre se ha conmemorado el Día internacional de la paz.

La Asamblea General de las Naciones Unidas estableció el Día Internacional de la Paz en 1981. Dos décadas más tarde, en 2001, la Asamblea General decidió por unanimidad designar este Día jornada de no violencia y alto el fuego.

Las Naciones Unidas invitan a todas las naciones y a todos los pueblos a respetar el cese de las hostilidades durante este día y a conmemorar por el contrario esta fecha mediante iniciativas de educación y sensibilización pública sobre cuestiones relacionadas con la paz.

La educación es vital para fomentar la ciudadanía mundial y construir sociedades pacíficas.

En junio de 2013 visitó las Naciones Unidas Malala Yousafzai, la escolar pakistaní a quien los talibanes intentaron asesinar por hacer campaña en favor del derecho a la educación. En esa ocasión, Malala dijo: “Un maestro, un libro, un lápiz, pueden cambiar el mundo”. Estas son nuestras armas más poderosas.

Estamos llamados a multiplicar esfuerzos. Cincuenta y siete millones de niños todavía se ven privados de educación. Y millones de niños más necesitan recibir enseñanza de mejor calidad.

Ciertamente en un tiempo de incertidumbre como el que estamos viviendo esto constituye una invitación a rejuvenecernos en la esperanza. Porque nuestra esperanza se fundamenta en sabernos hermanos que se perdonan, se ayudan, se encuentran y caminan juntos.

Nos podemos preguntar: ¿Cuál es la esperanza que nos sostiene en medio de las desesperanzas de hoy? ¿Qué horizonte enfoca la educación para la paz?

En la encíclica Spe Salvi, el papa Francisco nos recuerda que esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Dios es el fundamento de la esperanza: el Dios con rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo.

El primer motivo de nuestra esperanza y alegría es el Dios compasivo y misericordioso que mira al mundo y especialmente a la persona humana, que como dice santo Tomás es el único ser que existe por sí mismo ya que los demás están en función de su existencia, con profundo amor y ternura paterno-maternal.

Estamos llamados, por consiguiente, a convertirnos a la mirada de Dios. Estamos llamados a descubrir y valorar la bondad, la belleza, la vitalidad. Esto supone aceptar nuestros límites y los de los demás, no pretender una perfección inalcanzable y poner coto a nuestra tendencia innata a extirpar, erradicar, separar, asumiendo la mirada compasiva hecha de bondad, de paciencia, de confianza, capaz de perdonar y de dar una nueva oportunidad.

S.S. Benedicto XVI, papa emérito, nos invita a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el hombre de esperanza recibe es una mirada de bendición: una mirada sabia y amorosa, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad.

En el Libro de la Sabiduría leemos: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste [...] Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida”. (Sb 11, 23-24, 26)

Por lo tanto, educar para la paz nos invita a ver la realidad con los ojos abiertos, pero tener los ojos abiertos significa dejarnos alterar por lo que vemos, no ser indiferentes. Se trata de una mirada que nos altera, porque nos sitúa en el otro, una mirada solidaria que nos debería llevar a compartir la crisis que hoy embarga a la mayoría de la humanidad y que a lo mejor a nosotros todavía no nos ha tocado.

Educar para la paz no es una cuestión de pizarrón, láminas o conferencias. Implica día a día actuar,
obrar; desde la cercanía y la inclusión. Como expresaría Gandhi: “No hay caminos para la paz, la paz es el camino”.

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