Decidí no ser feminista

Tras la contudente verdad que nadie me contó, sino que viví de primera mano, hoy puedo decir que decidí no ser feminista.


 Mujer feminista


Estoy convencida de que yo iba a ser feminista. Había algo en mí que me lo decía. Incluso me autoproclamé como una de ellas en mis ingenuos tiempos de la preparatoria. Estaba segura de que lo era, pues definitivamente quería romper el status quo, hacer la diferencia y mostrarle al mundo que las mujeres no somos solamente un ser sumiso nacido para ser esposa y madre. Yo quería estudiar, ser la más brillante de mi clase y proclamar ideas progresistas (finalmente, ¿qué sociedad no necesita progresar?). Yo estaba convencida también de que la Iglesia Católica colaboraba para mantenernos en la ignorancia y, aunque asistía a un grupo religioso juvenil, muy en el fondo una parte de mi sentía que la Iglesia era un obstáculo en el camino hacia el progreso, que nos impedía ser libres y nos mantenía con ideas antiguas.

Sé que si no hubieran sucedido ciertos acontecimientos, esta semana me habría enojado tras el rechazo a la Ley de Despenalización del Aborto en Argentina por parte del Senado. Puedo jurar que yo estaría allí con pañuelos verdes y haciendo publicaciones en redes sociales con indignación. Lo sé porque hasta cierto punto, yo estuve allí, yo iba hacia ese camino, pero algo sucedió: todo mi coraje, toda mi indignación ante las injusticias sociales se convirtió, a través de un proceso de experiencias y aprendizajes, en lo que algunos llaman Santa Cólera.

Descubrí de primera mano que la mujer que atraviesa por un aborto sufre mucho, que tener acceso a él no es consecuencia de su libertad sino de la presión social, de su pareja y, a veces, del mismo Estado. Conocí a los pro-vida que valientemente ponen sus propios recursos no sólo para ayudar al bebé por nacer y a su madre, sino también a aquellos niños y jóvenes que ya nacieron y necesitan oportunidades para salir adelante. Esos héroes pro-vida que, aun cuando el Estado prefiere ignorar a las madres en situación vulnerable (salvo en tiempos electorales), ellos entran al juego para ofrecer lo que está en sus manos, enseñándoles oficios para valerse por sí mismas, y finalmente brindarle una mejor calidad de vida a sus familias. Posteriormente, me encontré con madres y padres fuertes que asumen la responsabilidad de proteger a sus hijos con amor en circunstancias complejas, y que no sólo los tienen para presumirlo en redes sociales.

Uno de los choques más importantes, además, fue encontrarme con que la Iglesia Católica es precisamente una de las organizaciones humanitarias más grandes del mundo, pues sostiene miles de hospitales, orfanatos, escuelas, casas para ancianos, enfermos, minusválidos, entre muchas otras obras alrededor del mundo. ¿Cómo? ¿no era la Iglesia Católica la que nos impedía progresar como sociedad? Bueno, pues en mi viaje me encontré que en realidad son los más involucrados en temas de verdadero progreso social a nivel global y que, lejos de querer quitarle su lugar a la mujer, promueven su participación en todos los espacios de la vida pública, académica, empresarial y, desde luego, también en la familia, con toda nuestra dignidad e ingenio. Fue justamente la Iglesia Católica la que “inventó” el sistema universitario, en un enorme esfuerzo por llevar al ser humano a descubrir las grandes verdades del universo y de la sociedad. Por eso lamento que hoy muchas universidades promuevan el relativismo por comodidad, pues esa no es la esencia de la Universidad.

En ese punto, podría todavía haber tenido dudas sobre mi camino de pensamiento. El detonante fue la violencia por parte de los grupos feministas, darme cuenta que en su radicalidad, no les importa el bienestar de la mujer, sino posicionar una agenda de resentimiento, rencores sociales y “venganza” en contra del patriarcado. Ya saben, como el comunismo y su lucha de clases que generó muchísima destrucción. Misma teoría, nuevos actores.

Yo hubiera sido feminista sin duda en los tiempos que se defendía el voto femenino. Pero por ningún motivo lo seré durante este siglo en que el movimiento se ha deformado: ignoran las estadísticas reales y los datos científicos, el dolor de miles de mujeres que atraviesan el síndrome post-aborto (sea legal o ilegal) y culpan al patriarcado de todos sus infortunios. No, señoritas: yo no soy una víctima de ningún patriarcado, yo estudio, trabajo y soy responsable de mis acciones.

“Pero tú estás en una situación privilegiada, hay muchas mujeres sin acceso a educación, que sufren abusos”, me han dicho varias veces por allí, y tienen toda la razón. El asunto es que el feminismo actual tampoco las representa a ellas. Si verdaderamente quisiera ayudarlas, estarían haciendo equipo para brindarles educación, apoyo psicológico y hasta legal cuando se requiere. Para mi sorpresa, descubrí que son los grupos pro-vida los que realmente hacen esta labor, muchas veces con recursos propios.

Tras la contundente verdad que nadie me contó, sino que viví de primera mano, hoy puedo decir que decidí no ser feminista. No es que nunca me haya interesado el tema o que me sea indiferente. Yo lo decidí. No creo que las feministas sean ignorantes: las admiro por muchas razones, sobre todo a aquellas que leen, se informan y actúan de buena fe. Lo que es inadmisible es que muchas de ellas actúen con el estómago y sin tomarse la molestia de conocer la realidad y orígenes del movimiento que representan. Que hablen en nombre de todas las mujeres del planeta cuando habemos muchísimas que no compartimos su fundamentalismo ni estamos de acuerdo con su agenda cargada de intereses económicos. Por eso tomé la decisión: si eso es el feminismo, yo no quiero ser feminista.

 

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